Crónicas

Arauca, un vaivén de la violencia

Arauca, un departamento nuevamente azotado por las guerras subversivas. Durante más de cinco décadas, lxs aracaucanxs han sido víctimas constantes de violencia, que, hoy en día, deja al expuesta y vulnerable a la población civil.

Por: Michel Genther Fuentes.

Diseño: @TempleCaché.

En pleno siglo XXI las imágenes invaden nuestro mundo, plasmando así la realidad de los hechos. Pero ni los fotogramas más crudos pueden transmitir lo que sienten las personas que tienen que vivir en medio de un conflicto armado. Estos relatos muestran, desde diferentes ángulos, como es vivir en carne propia y cotidianamente una guerra que parece no tener final.

Las guerrillas Ejército de Liberación Nacional (ELN) y Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) llevan haciendo presencia en el departamento de Arauca desde hace más de medio siglo. Su permanencia en este territorio se basa en la ubicación del departamento que, al colindar con Venezuela les permite tener una zona de retaguardia desde la cual pueden controlar sus actividades ilegales. De igual forma, la presencia de la industria petrolera en este sector les permite beneficiarse, ya que al extorsionar a estas compañías sus ingresos aumentan y, con esto, su poderío militar. En el 2006, después de la desmovilización paramilitar, estos dos grupos armados emprendieron una disputa por el territorio que buscaba obtener el control de la zona con mayor beneficio para sus actividades ilegales. Esta contienda terminó en 2010, cuando después de dialogar, llegaron a un acuerdo que, posteriormente, sentó una alianza para atacar a la fuerza pública.

Sin embargo, desde enero de este año la guerra entre estos dos bandos se reanudó, dejando en su primer mes de conflicto cerca de 66 asesinatos y 1284 desplazadxs, según el periódico El Tiempo. En este punto, se hace más evidente que la presencia de la fuerza pública en este territorio es casi nula. Arauca parece, cada vez más, abandonado por el gobierno. Lo que resulta paradójico porque, a pesar de ser uno de los territorios más explotados del país, es también uno de los más desprotegidos. Estas olas de violencia, unas más despiadadas que otras, parecen ir y venir, pero siguen siendo constantes. Desde huellas sutiles como grafitis o banderas, hasta actos violentos empedernidos como el que se vivió el pasado 20 de enero en Saravena, Arauca. La explosión de un carro bomba en el centro del municipio, activado por las disidencias de las FARC, dejó una persona muerta, cinco heridas y cuadras completas afectadas por la explosión, según el diario El País. Esto es lo que tiene que vivir la población de este territorio: una guerra sin cuartel, que se juega sin pensar en los daños colaterales que sufridos por las personas que habitan estos territorios y que quedan en medio del conflicto.

Esta es la recopilación de tres testimonios de miembros de una misma familia que es oriunda del municipio de Saravena, Arauca. Cada unx de ellxs relata diferentes acercamientos con el conflicto. La historia de Isabella, una niña que está creciendo en medio de este contexto tan descarnado y cruel. Mi historia,  la experiencia de un joven que vive desde la distancia la guerra y que se aferra a la intranquilidad de tener a su familia en peligro. La historia de Nancy, una mujer que vive el conflicto desde su juventud.  A través de estas experiencias vitales, se mostrará lo que es vivir en medio de la violencia cotidiana y del conflicto armado.

«La historia de Isabella, una niña que está creciendo en medio de este contexto tan descarnado y cruel. Mi historia, la experiencia de un joven que vive desde la distancia la guerra y que se aferra a la intranquilidad de tener a su familia en peligro. La historia de Nancy, una mujer que vive el conflicto desde su juventud».

“Si para mí es difícil sufrir esto, que apenas lo estoy viviendo, ¿cómo será para mis padres que llevan toda su vida en medio?”.

Es imposible no crecer llena de inseguridad cuando las calles de tu pueblo guardan los vestigios de una guerra, cuando la mitad del lugar que habitas está completamente destruido por una violencia que no logras entender. Crecí escuchando las historias que tenían mis familiares que, aunque siempre contenían algún acto violento, buscaban traernos tranquilidad. Según ellxs porque no se volvería a repetir. “La violencia ahora es en el monte y ya está”, me decían. Estas historias siempre causaron el efecto que ellxs deseaban. Me sentía tranquila porque las personas que me generaban seguridad me decían que todo iba a estar bien. De todos modos, el miedo siempre seguía presente. No quería vivir algo así. No quería experimentar el terror que tuvieron que sentir mis familiares. Pero de manera inevitable este encuentro con la violencia llegó.

Tenía 8 años, era un día normal, mi padre me recogió en el colegio y mientras me llevaba a la casa, atravesando estas calles mutiladas por las balas y explosiones, accedió a dejar que una de mis amigas viniera a jugar. Cuando ella y yo estábamos jugando con nuestras bicicletas fuera de mi casa escuchamos el primer estruendo. Era un sonido similar a la pólvora, pero mucho más agresivo. No sabíamos muy bien que estábamos escuchando, pero mi madre de inmediato supo lo que eran: ráfagas de fusil. En el cuarto o quinto estruendo mi madre ya nos había hecho entrar a la casa. Nos obligó a meternos junto a ella y a mi padre bajo su cama como medida de protección a una bala perdida. Mi madre trataba de mantener la calma aunque los disparos no cesaban, pero en sus ojos podía ver perfectamente el desespero de una hija que no sabía si sus padres estaban bien y de una hermana que no sabía si sus hermanxs estaban a salvo. Luego de al menos una hora de disparos pudimos salir de ahí. Mis padres, ambxs, tomaron sus respectivos teléfonos y empezaron a llamar a todos sus seres queridos. Todxs estaban bien y nosotrxs cuatro también. Desde ese momento, la violencia que mis familiares me juraron que no iba a volver se convirtió en una realidad. Ya no sólo tenía enfrente los recuerdos de una guerra que parecía haber terminado, ahora tenía que vivirla.

Empecé a percibir la violencia de una manera muy distinta: por un lado, me generaba terror y mucho miedo, pero por el otro empecé a sentir curiosidad por ella. Cuando empezaban nuevamente los hostigamientos, cada vez más recurrentes, sentía mucho miedo, me sentía desprotegida, pero quería saber de dónde provenían los disparos. Por eso, intentaba salir de mi casa a tratar de encontrar los culpables. Nunca pude saberlo. Mis padres no me dejaban investigarlo por obvias razones, querían protegerme, pero al día siguiente ya todos hablaban en el colegio de donde y cómo había sido esto.

Trato de seguir una vida normal pero no es fácil. Cuando hablo con familiares de mi misma edad que viven fuera de Saravena, me doy cuenta de que tenemos vidas muy distintas. Ellxs no viven con miedo, son libres de hacer lo que quieran sin ponerse en peligro. No es fácil pensar que en cualquier momento va a pasar algo que te pondrá en riesgo. No es fácil pensar que tengo tan solo 10 años y tengo que cuidar a mis padres de la ansiedad y el agobio que genera esta violencia. No es fácil ser niñx en medio de un conflicto.

Isabella Capacho Fuentes, 10 años, habitante del municipio de Saravena, Arauca.

“Suelo acostarme con miedo, sabiendo que me voy a despertar bien, pero mi madre tal vez no”.

Nací en Bogotá, pero mi familia vive en Saravena. Es por esto que desde pequeño tuve que temer por mi vida y por la de mis familiares. Siempre me causaba miedo tener que viajar a este territorio. Pero, cómo no tenerlo después de que tuve que vivir ese despiadado momento en el que toda mi familia y yo estábamos metidxs en un cuarto mientras afuera los gritos y las explosiones resonaban sin cesar. ¿Cómo no tener miedo de volver después de eso?, ¿cómo no tener miedo cuando tus familiares te rogaban no ir para evitar que te secuestraran? A pesar de los peligros siempre terminaba volviendo. El amor por mi familia siempre me hacía regresar.

Algo que siempre me mantuvo tranquilo era estar con mi madre porque, junto a ella sabía que todo iba a estar bien. Además, vivir juntxs y alejadxs de la situación, en Bogotá, hacía que mis preocupaciones fueran menores. Sin embargo, esto cambió cuando mi madre volvió a vivir allí, mientras yo permanecía en Bogotá.

Siempre pensé que nada iba a ser peor que vivir este conflicto. Tener a mi madre allá lo fue. Desde que me contó sobre su decisión de volver, cierta intranquilidad llegó a mí. Sabía perfectamente a dónde estaba yendo. Con 20 años era mucho más consciente de todos los peligros que conllevaba esto. A pesar de ello, al comienzo fue fácil, la indomable violencia que invade este territorio parecía no afectar el diario vivir de mi madre y mucho menos ponerla en riesgo. Pero esta tranquilidad llegó pronto a su fin cuando en el mes de enero estalló una nueva ola de violencia.

Desde entonces la ansiedad y la angustia se apoderaron de mí. Hablar con mi madre cada vez era más difícil. En plena llamada escuchaba ese sonido que desde pequeño me aterrorizaba porque, aunque ella me prometía que todo iba a estar bien, acababa con vidas y destrozaba familias. Aun así, seguía prometiéndome que ella iba a estar bien y que por más que esta violencia pareciera no terminar, no iba a llegar a afectarla. Yo siempre trataba de creerle, pero mi curiosidad me hacía siempre buscar información sobre la situación. Al hacerlo, mi ansiedad solo aumentaba. Estar informado lograba llenarme de impotencia y desespero. Pasaba madrugadas enteras tratando de quedarme dormido mientras veía, de la mano de reporterxs ciudadanxs, esos trágicos acontecimientos que parecían estar cada vez más cerca a mi madre.

Para mi tranquilidad no han llegado a afectarla directamente a ella o a ningunx de mis familiares, pero la intranquilidad no desaparece. Es difícil pensar que mientras estoy con mis amigxs completamente seguros, mi madre puede no estarlo. Es difícil pensar que cuando mi madre no contesta mis llamadas es que algo anda mal. Es difícil tener a tu familia en medio de un conflicto. Es difícil tener que temer por la vida de personas que solamente quieres que estén bien.

Michel Genthner Fuentes, 20 años, habitante de la ciudad de Bogotá D.C.

“Vivir en la violencia crea problemas que nacen allá, pero con los cuales hay que vivir por siempre”.

Desde que tengo uso de razón la violencia ha hecho parte de mi cotidianidad. Tuve que vivirla por primera vez a mis 6 años, cuando mi hermano fue víctima de un atentado, perpetrado por la guerrilla, que casi le arrebata la vida. La violencia que estaba lentamente volviendo trizas el lugar que tanto amaba, finalmente había logrado alcanzar a mi familia. Ser una niña en este ambiente no es fácil. Mis padres limitaban todas mis experiencias para poder cuidarme. No podía salir de casa a ver a mis amigxs porque esto me exponía a cualquier acto violento en la orden del día.

En ese momento, no eres lo suficientemente grande para entender todo lo que pasa. Eres curiosx, pero no puedes explorar nada debido a la intranquilidad que genera tener que preservar tu vida. En busca de mi tranquilidad, con el fin de protegerme aún más y con la intención de tener un futuro mejor, mis padres decidieron enviarme a Bogotá a mis 16 años.

Al llegar me sentía mucho más tranquila. Podía salir a la calle sin el miedo de que en cualquier momento algo podría pasarme. Me sentía con la libertad de poder explotar la curiosidad y de conocer el mundo. Al mismo tiempo las secuelas de estos 10 años cargados de violencia empezaban a verse cada vez más. Los sonidos fuertes me aterrorizaban. Solía confundirlos con las ráfagas de metralla que a su paso destruían todo lo que se les interponía. Sin embargo, era solo mi impresión. No pasaban de generarme susto. Lo que sí lograba realmente afectarme era pensar en mi familia. Solo podía sentirme frustrada e impotente ante las noticias que veía sobre Saravena, ver lo que mi familia estaba viviendo mientras yo no podía hacer nada más que pedirle al cielo que los cuidara. Esto era una carga para mí. Así viví durante 24 años, impotente y angustiada, yendo y viniendo, siempre con el corazón en la mano.

Sentí el llamado de volver. Sabía que no sería fácil pero la situación de violencia parecía calmada. La guerra se estaba dando en el monte y no en el pueblo. Decidí hacer mis maletas, despedirme de mi hijo e irme a emprender un nuevo negocio en estas tierras tan prósperas que ofrece el Sarare. Sin embargo, no sabía que al regresar tendría que volver a aprender a vivir directamente con la violencia.

Al llegar me encontré con lo que había dejado cuando me fui a mis 16 años: un nuevo conflicto que dejaba muertxs todos los días en las calles de mi pueblo. Nuevamente estaba viviendo en medio de la angustia, manteniendo mi instinto de supervivencia. Salir a la calle no es fácil, tengo que salir pensando en dónde podría esconderme si en cualquier momento se desata un acto violento. Pienso que tengo que volver rápido a mis cuatro paredes que funcionan como búnker de protección. Esta guerra no va a evitar que alcance mis sueños, hay que ser echado para adelante en medio de la adversidad. El terror que nos siembra un conflicto no puede apagar todo lo que queremos lograr.

Nancy Fuentes Peñaloza, 47 años, habitante del municipio de Saravena, Arauca.